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¡San Guinefort, el perro santo!


¿Un perro santo? ¿No es eso un poco loco? Sí, lo es, pero es una historia real.

La historia de Guinerfort no es reciente, se remonta al siglo XIII, y cuenta el relato de un perro que fue considerado “santo” en su época y que hasta mediados del siglo XX todavía era recordado.

¡Una historia de heroísmo, amistad y redención!

Cuenta la historia que Guinefort fue un galgo que vivió en Lyon, Francia alrededor del siglo XIII. Un día su dueño salió y dejó a su hijo en su cuna, al cuidado del perro. Al volver, vio la cuna caída y al perro con el hocico lleno de sangre e imaginó lo peor: que el perro había asesinado a su heredero.

El hombre, enfurecido, mató a Guinefort, pero cuando se acercó a la cuna, se dio cuenta de que el bebé estaba a salvo, junto a una víbora muerta.

Al darse cuenta de su terrible error, se arrepintió, enterró al perro, lo cubrió de piedras y sembró árboles alrededor para honrar a Guinefort.

¿Y como se volvió santo Guinefort?

Los campesinos creyendo que era capaz de proteger a los niños empiezan a venerarlo, y acudieron a su tumba a solicitar su intercesión en la curación de sus hijos enfermos. Así comenzaron a circular rumores de milagrosas curaciones gracias a la intervención mística del perro. Pronto se convierte en un “santo” popular, sobre todo para la seguridad de los niños.

Como era de esperarse la Inquisición consideró su culto una herejía, por lo que exhumó el cadáver y quemó sus restos.

Pero eso no impidió que el culto continuara y se celebrara a Guinefort cada 22 de agosto, como un gran defensor de hogares e hijos, hasta bien entrado el siglo XX, cuando en el año 1930 la Iglesia Católica prohibió su culto y amenazó con la excomunión a quienes lo practicasen.

Aun así, la historia de Guinefort sigue siendo recordada como un ejemplo de la amistad, lealtad y redención.